miércoles, 5 de enero de 2011

El retorno (vol. 1)

O, como dirían "martes y trece", el retonno.  Ya estoy de nuevo por tierras semi-polares, con un metro de nieve en el exterior de nuestros estudios y haciéndose de noche a las 3. Buffff... ha sido dura la vuelta. La verdad es que 10 días de vacaciones se quedan en nada, porque con uno que pierdes a la ida y otro a la vuelta, se quedan en 8. Pero he de decir que aunque no haya visto a todo el mundo, creo que aún los he aprovechado. 

Y, ¿cómo empezó el periplo navideño? Pues el día 23 de diciembre salí de mi casita sueca a eso de las 12 a.m. arrastrando mi maleta de 15kg por la ensaladilla de nieve y cantos rodados. Si no habéis probado, ¡es difícil de narices!. Cogí el metro hasta T-centralen y de ahí cambié a la estación central de autobuses. Como había comprado el billete por internet, una cosa menos que tenía que hacer. Así que directamente busqué de donde salían los autobuses hacia el aeropuerto de Skavsta y... había una cola como para un concierto de Madonna. Así que me dispuse a esperar pacientemente (a la sueca, porque aquí hacen cola para todo y están acostumbradísimos a estas cosas, ¡no iba a ser yo menos!). Aproveché para comerme un bocadillo por si luego no tenía tiempo de comer antes de subir al avión. La cola iba rápido, esperaría unos 20-30 minutos, que para la cantidad de gente que había no es nada. Después, al autobús, hora y media de viaje rumbo sur hacia Nyköping. Me tocó delante una mamá con un bebé rubito y gordo que no paraba de berrear como si lo estuvieran matando. La pobre mujer se pasó casi todo el viaje de pie con el crío en brazos porque parece que solo así le gustaba estar al pequeño energúmeno. Y el resto del pasaje, pues tapándonos los oídos. Qué fuerte chillan los bebés, con esos mini-pulmoncitos... ¿cómo lo harán?. Con el concierto que tuvimos daban ganas de ligarse las trompas... niños, humpf!.

Ya de noche llegamos al aeropuerto, que está en medio de la nada, en lo que parece la estepa rusa: llano-bosque-llano-bosque-llano-bosque... y todo con un metro de nieve por encima. Lo que más me llamó la atención fueron las rotondas: eran como una tarta de merengue perfecta, porque habían quitado la nieve de la carretera y quedaban ahí plantadas sin una huella ni nada. ¡Qué monas!

Al entrar en el aeropuerto de Skavsta el panorama era de otras 5 ó 6 colas larguísimas para llegar hasta los mostradores de facturación. Menos mal que faltaban 2 horas para mi vuelo... Con la música del móvil por los cascos me armé de paciencia y ¡otra vez a esperar!. Cuando conseguí llegar al mostrador la buena noticia es que mi maleta pesaba como 13kg (siendo el máximo permitido 15), la mala que ahora me tocaba hacer una cola todavía más terrible para llegar al arco de seguridad. Hale, ¡a formar de nuevo!. Y encima tenía detrás un grupo de chinas que no hacían más que empujarme... cagüentoloquesemeneaaaaaaaa... Consigo llegar hasta el control de seguridad, me hacen quitarme las chirucas pero por fin paso a la puerta de embarque. Y allí... ¡sorpresa! aparte de cientos de personas amontonadas, haciendo cola, llenando las mesas de la cafetería, sentadas por el suelo... encuentro una "simpática" pantalla que me dice que mi vuelo se ha retrasado de las 18:30 a las 20 horas. Vamos, que tengo hora y media de espera en esa amalgama de gente y olorcillo a humanidad. Así que saqué de la mochila el último libro que me he comprado de "True blood" y me entretuve comiendo anacardos y con las peripecias de los vampiros buenorros. Cuando aún faltaba más de media hora para las 20 horas, la gente ya empezó a hacer cola. ¡Por Zeus! ¡pero qué afición!. Yo esperé hasta que la cosa empezó a avanzar. Total: el avión va lleno, los asientos no están numerados y vamos a volar todos. Así que, calma. Tras la última cola del día, llegué andando por la helada pista al avioncito de Ryan Air que nos esperaba escondido en la ventisca. Ya dentro, lo típico: normas de seguridad, comida carísima de plástico y espacio vital reducido. Tuve la suerte de que me tocó al lado a unos "erasmus" españoles muy majos y por lo menos tuve conversación durante parte del viaje. Cuatro horas después y con el cuello contrahecho, aterrizamos en Madrid. Una corta espera por las maletas y a correr a por el último metro. Pero el último ultimísimo de la muerte, vamos, que no nos dejaron hacer transbordo y nos echaron al llegar a Nuevos Ministerios. Así que desde ahí tuve que coger un taxi hasta la casa de mi hermano. Eran las 2 de la mañana. 12 horas desde que había salido de mi casa. ¡Y luego dicen que no está lejos Estocolmo!. Es que la gente es muy lista cuando solo cuentan las horas del vuelo. Pues no majooooos, que la cosa tiene mucho más intríngulis. 
Así que reventadita estuve un rato hablando con mi hermano, comiéndome un muslo de pavo y un tomate y a dormir.

Al día siguiente ya era Nochebuena, y vino mi padre a buscarnos. Qué solazo hacía en Madrid. Después de dos meses de vivir en esta blanca oscuridad, me parecía que había llegado al verano: por el sol y por la temperatura. En dos horitas nos plantamos en Soria, donde me esperaban muchos achuchones de la familia y fiestas de mis perros. Y por fin pude comer a la hora española y ¡¡echarme la siesta!!.

Y el resto os lo cuento mañana, que me canso de escribir...

3 comentarios:

  1. Que lance la primera piedra quien no se sienta identificado con ese relato de vuelo!!!

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  2. Voy con la segunda parte.
    Ayyy Sandrita, tú que has volado tanto lo que no habrás visto! :)

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